Encrucijadas.

Por Juan Carlos Dumas, L.M.H.C.*

Estos dos grandes de la Psicología moderna no podrían tener visiones más dispares acerca de los seres humanos. Para Albert Ellis, el padre de la Terapia Racional-Emotiva (REBT en sus siglas en Inglés), las personas somos a menudo incongruentes, tenemos ideas absurdas y supersticiosas, expectativas ingenuas y conductas autodestructivas, y a menudo nos dejamos llevar por una irracionalidad pueril y peligrosa. Pero para Carl Rogers, el creador de la terapia humanista interpersonal, cada uno de nosotros –pacientes y seres humanos en generalsabemos a dónde vamos, sabemos qué queremos y necesitamos, esto a pesar de eventuales traspiés y períodos de estagnación. De estas visiones tan opuestas resultan, obviamente, dos aproximaciones o abordajes terapéuticos radicalmente disímiles: la REBT busca que la persona se dé cuenta de sus creencias y pensamientos irracionales y que tome nota de la directa relación que existe entre lo que piensa, siente y hace, y entre estas variables y el logro de sus objetivos de vida. Los terapeutas que siguen al bueno de Carl Rogers, por su parte, tratan de establecer un vínculo cordial y auténtico con el paciente y, en esta atmósfera fortalecedora de la autoestima y la autoexploración, será el mismo paciente quien conduzca el proceso terapéutico en busca de la puerta hacia el bienestar que, aunque en ciernes, éste ya conoce.

En este período del acontecer humano, tan pleno de horrendos cataclismos, tan preñado de cambios, dilemas y acechanzas, me pregunto cuál de estas dos corrientes psicológicas nos ayudaría más a superar las crisis. Y lo expongo en plural porque se trata de varias a la vez. En el plano internacional, el Norte árabe de África sigue buscando su rumbo político y social luego de la estrepitosa caída de líderes corruptos que no solamente se aferraban al poder por décadas ignorando los reclamos de libertad y democracia de sus sufrientes gobernados, sino además pillaban y despilfarraban los recursos naturales con una voracidad tan pantagruélica como sus egos, atrasando al mundo árabe por lo menos 50 años. Y ahora, en este histórico cruce de caminos, ¿qué hacer? ¿Hacia dónde ir? Hay quienes hablan de imitar el modelo democrático europeo o americano, mientras otros creen que el Egipto, la Libia y el Túnez de mañana responderán a las necesidades particulares de cada pueblo y región. Volviendo a Carl Rogers, diríamos con él que los pueblos saben lo que quieren, saben a dónde van, y lo único que necesitan es de la libertad para implantar sus modelos político-económicos y que el resto del mundo, especialmente quienes tienen hondos intereses materiales en la región, no se les crucen en el camino. Albert Ellis diría que estos cambios deben estar guiados por la sensatez, la planificación de lo que estos pueblos desean lograr, y aplicarse de lleno y consistentemente a la tarea liberándose de ingenuidades y de prejuicios.

En Occidente, por otra parte, vivimos la confrontación creciente de dos modelos políticos y económicos, uno que insiste en la reducción del gasto público y el déficit, caiga quien caiga, y otro que prioriza la participación del Estado en la cosa pública, particularmente en la protección de los sectores más necesitados y en la debida distribución de la riqueza, aunque a los demócratas norteamericanos -cobardemente prudentes y timoratos en las últimas décadas- les incomode decirlo sin pelos en la lengua. El profesor Juan Torres López, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla, advierte con meridiana claridad que “En los últimos tiempos, los poderes financieros imponen su voluntad sobre la de los representativos, ni los gobiernos socialdemócratas como el español ni los más conservadores como el francés o el alemán o ni siquiera el presidente de Estados Unidos, que se considera el más poderoso del mundo, pueden aplicar las medidas que inicialmente proponen. Los Bancos no sólo han impedido que se le pidan responsabilidades por su conducta irresponsable (y delictiva en algunos casos) que dio lugar a la crisis. Han frenado la reforma de los mercados financieros que siguen funcionando bajo normas orientadas simplemente a permitir que las actividades especulativas de los financieros proporcionen ganancias más fácilmente; han impedido que se establezca cualquier nuevo tipo de control para evitar la acumulación ingente de riesgo que sus actividades conllevan. No están dispuestos a consentir que se establezcan impuestos o tasas sobre las transacciones especulativas o ni siquiera sobre sus extraordinarios beneficios. Han evitado que desaparezcan los paraísos fiscales o que se evite de una vez que los bancos sean quienes laven el dinero de traficantes, proxenetas, terroristas y criminales de todo tipo.
Después de haber recibido incalculables sumas de dinero en ayudas de todo tipo, siguen sin proporcionar a empresarios y consumidores el crédito que necesitan para reactivar la economía.” Y sigue: “Muchos economistas científicos de gran prestigio e incluso de diversa trayectoria y posición intelectual, como Stiglitz, Galbraith o Krugman vienen señalando que las políticas de austeridad y de desregulación absoluta van a impedir la recuperación económica. Los recortes sociales que los poderes imponen en medio de la confusión y desde su posición de ventaja sólo van a fomentar la actividad especulativa al mismo tiempo que se multiplican la escasez, el desempleo, la pobreza y la exclusión social”.

El Premio Nobel de Economía, profesor y columnista del New York Times, Paul Krugman, analiza la crisis norteamericana en estos términos: “La crisis fiscal de Wisconsin, como en otros estados, fue mayormente causada por el poder creciente de la oligarquía americana. Después de todo, fueron los supermillonarios y no el público en general quienes impulsaron la desregulación financiera y, en consecuencia, indujeron la crisis económica del 2008-9, una crisis que es la razón principal del actual brete presupuestario. Y ahora la derecha política está tratando de explotar justamente esta crisis usándola para remover (los sindicatos) una de las pocas fuerzas para reducir la influencia de la oligarquía”.

También vale mucho la pena recordar lo que decía hace poco Federico Mayor Zaragoza, presidente de la Fundación Cultura de Paz y ex Director general de la UNESCO: “La gobernación mundial será más democrática porque tendrá que contar progresivamente con la mayoría de los habitantes de la Tierra.” Pero el mismo talentoso español nos advierte seriamente que “las múltiples crisis que padecemos son fruto de un modelo económico y financiero que sustituyó los principios democráticos de justicia, igualdad y solidaridad por simples leyes de mercado. Las consecuencias: centenares de millones de personas pasan hambre –más de 70.000 mueren diariamente en un genocidio de desamparo y olvido- al tiempo que se invierten más de 4.000 millones de dólares cada día en gastos militares. El neoliberalismo de la especulación sigue, después de su “rescate” con fondos públicos, dirigiendo al mundo a través del grupo plutocrático G-20. Centenares de millones de personas no tienen acceso al agua potable o un sistema mínimo de salud. Centenares de miles de personas han perdido la vida en conflictos armados. La reducción de los déficits tiene que ir acompañada de la desaparición de los paraísos fiscales, una vergüenza sin parangón”.

Aunque vivimos en dos mundos tan diversos y distantes, la encrucijada que atraviesa Nord África y Occidente es similar en esto: las necesidades y deseos de sus pueblos son crónicamente ignorados por una minúscula clase dirigente que es, en su mayoría, vasalla de mega-corporaciones y de capitales sin bandera que sólo anhelan maximizar sus ganancias trimestre tras trimestre, a veces asustando a la gente con el fantasma del “terrorismo”, otras financiando grupos de poder, lobbies, o simplemente imbéciles que distraen y agitan la plaza pública en la dirección siniestra de sus ocultos intereses. Ni Ellis ni Rogers, creo yo, tendrían la más mínima duda de que estos manipuladores sociales son los verdaderos enemigos de la democracia y del bienestar personal y social.

*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y profesor universitario de la Long Island University. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, preside el Comité de Asesoramiento en Salud de North Manhattan y el Centro Hispano de Salud Mental en Queens, New York.